Stockholm

 

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Había que elegir entre un catálogo casi ilimitado de películas un domingo por la noche. Justo la noche antes preguntaste en una mesa de desconocidos para mi, ¿y qué pasa cuando tienes muchas opciones donde elegir?, normalizar la duda, respondí.

Decidimos ver  Estocolmo, por intuirla más tranquila para esa noche  que La Gran Estafa Americana. La trama enfrenta en una noche y hasta las últimas consecuencias la naturaleza femenina y masculina. Él, que en la primera escena aseguraba a su amigo que su novia en la distancia  no se follaría a otro en menos de tres meses , se entrega a convencerla a “ella” de que hay verdadero amor detrás de su deseo de sexo esa noche. Ella, a la mañana siguiente, parece decidir de una manera dramática que él nunca la olvide. El director y guionistas se acercan bastante a conseguir en el espectador una especie de comprensión libre de juicio sobre los actos de los personajes.

A estas alturas ya se ha escrito todo sobre cómo el deseo, el amor y el sexo se desenvuelven en la relación hombre mujer. Desde las teorías liberadoras de la mujer, se nos anima a dar rienda suelta al deseo físico, sin mencionar efectos secundarios ni interacción alguna con otros deseos igual de humanos. Pero nuestras madres y abuelas nos dijeron que había que hacerse respetar, y este consejo, aislado de la moral machista de la que partía, puede encerrar más verdad de lo que pueda parecer. Y es que, al parecer,  no pertenece al machismo ni al feminismo el hecho de que la biología masculina, por razones evolutivas necesita que le cueste conseguir lo que desea de la mujer con la que desea comprometerse.

Vaya por delante que conozco a hombres (muchos) a los que conseguir el mayor sexo posible sin entregar nada no les resulta lo más mínimamente  apasionante.  También habría que distinguir entre aquellos que buscan sólo sexo y no lo ocultan, lo informan como cláusula impuesta de un contrato, y los que adornan su conquista con las promesas que haga falta para conseguir lo que quieren.

Entre las mujeres, después de algunos tropiezos inocentes, solemos decidir que más vale prevenir, y no se pasa al dormitorio hasta al menos tres o cuatro citas. Pero esto no resuelve el problema, porque aún dando por supuesto que hayamos superado escapar de las trampas del rollo de una noche, con variantes como el “rollo de las mil y una noches” introducido con maestría cómica por la escritora y amiga Marta González de Vega, en su libro “De Caperucita a Loba en sólo 6 tíos”, seguimos lidiando con las tensiones entre hombre mujer en lo que refiere a sexo, amor y deseo. Ese tira y afloja entre la resistencia al compromiso por ellos y la necesidad de amor y certezas por nosotras, que podría parecer un mito, y a veces lo es, pero otras no. Teniendo claro que esto no habrá Dios que lo resuelva en la vida, sí podríamos intentar hacernos menos daño, desgranando los procesos mentales que nos llevan a unos y otras a lo que voy a llamar “ir en contra de nosotros mismos”, de nuestro bienestar emocional.

Todos queremos amor,ellos también, ser amados, y quitando los casos en los que surge un flechazo fulminante y ambos son presa del mismo y simultáneo secuestro hormonal, nos encontramos con el resto,  y el buen o mal término de las historias depende de mil factores que ya sabemos, pero voy a centrarme en cómo decidimos intentarlo y con quien.

No voy a profundizar en qué es el amor, según Shopenhauer se ama lo que no se tiene, y cuando se tiene se pierde interés, que se recupera al perder al objeto amado y Spinoza tenía una definición más optimista que logra explicar el amor matrimonial, la felicidad amando lo que se tiene,  lo que no le falta….y así muchas otras teorías.

Yo tiendo a creer que los elementos indispensables de partida  para que el amor o la relación amorosa prospere, son la atracción física y la afinidad espiritual, intelectual, vital, y a partir de ahí, a donde no es nada fácil llegar, uno puede dejarse complicar más la vida dejándose arrastrar por las comparaciones con el pasado, matando al presente, por las expectativas, pero sobre todo por la inseguridad y falta de amor por uno mismo. Y es que me parece  un fenómeno psicológico  muy común que las personas inseguras caigan en una especie de autoboicot cuya fórmula es, esta persona me gusta, mucho, pero si yo le intereso también mucho (¿yo?), no debe tener valor suficiente,  no puedo conformarme y debo esperar a algo mejor, y así se entra en un bucle sin fin en el que sólo les interesan intensamente los imposibles, y rechazan a los que les quieren, admiran y valoran, aún sintiendo una atracción y afinidad que sería más que suficiente para  perseguir con ansia a los ya mencionados imposibles.

Así de humanos somos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Teo

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La jornada de trabajo en el mes de julio era como el paréntesis diario de un verano como los de antes, y disfrutaba de las rutinas veraniegas con la ilusión que me provocaba haberlas creído perdidas. La tristeza y la angustia se habían quedado demasiado tiempo, y por efecto de la no resistencia, empezaban a diluirse.

La resistencia tiende a instalarse, siempre conectada con mi idealismo insano, y me complica aceptar las cosas como son, según los budistas, siempre perfectas. Pero a esa altura del verano ya había aprendido lo eficaz que es combatirla con humor, y Marta me esperaba todos los días en la playa para reírnos de lo que podría no tener gracia.

El trayecto a casa dejaba el trabajo atrás y el chucho que cruzaba la carretera como si no fuera peligroso  me hizo apartarme a un lado. Seguramente había visto cruzar a otros antes, otras veces,  pero en ese momento me resultó incuestionable parar, y la idea de  buscar un refugio para ese mismo día derivó  en la de dejarlo en casa, sin prisas, hasta encontrar un amo más capaz que yo.

Como yo ya sabía mucho antes de reconocerlo, una semana  después ya era Teo y tenía sitio en mi sofá. Había logrado no resistirme al amor incondicional, al cariño incansable y a la entrega desinteresada. Intento no darle a los hechos la categoría de señales reveladoras, pero creo que aquel día, en aquel trayecto interrumpido, fui capaz de saber en un segundo que él sería el complemento perfecto de una nueva forma de vivir, la de los veranos de antes.