Teo

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La jornada de trabajo en el mes de julio era como el paréntesis diario de un verano como los de antes, y disfrutaba de las rutinas veraniegas con la ilusión que me provocaba haberlas creído perdidas. La tristeza y la angustia se habían quedado demasiado tiempo, y por efecto de la no resistencia, empezaban a diluirse.

La resistencia tiende a instalarse, siempre conectada con mi idealismo insano, y me complica aceptar las cosas como son, según los budistas, siempre perfectas. Pero a esa altura del verano ya había aprendido lo eficaz que es combatirla con humor, y Marta me esperaba todos los días en la playa para reírnos de lo que podría no tener gracia.

El trayecto a casa dejaba el trabajo atrás y el chucho que cruzaba la carretera como si no fuera peligroso  me hizo apartarme a un lado. Seguramente había visto cruzar a otros antes, otras veces,  pero en ese momento me resultó incuestionable parar, y la idea de  buscar un refugio para ese mismo día derivó  en la de dejarlo en casa, sin prisas, hasta encontrar un amo más capaz que yo.

Como yo ya sabía mucho antes de reconocerlo, una semana  después ya era Teo y tenía sitio en mi sofá. Había logrado no resistirme al amor incondicional, al cariño incansable y a la entrega desinteresada. Intento no darle a los hechos la categoría de señales reveladoras, pero creo que aquel día, en aquel trayecto interrumpido, fui capaz de saber en un segundo que él sería el complemento perfecto de una nueva forma de vivir, la de los veranos de antes.

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