Identidad

foto gato

Disfrazar la identidad se vuelve más legítimo en Carnaval, los hombres se ponen tacones y pestañas, las solteras se visten de novia, las novias de viudas, los viejos de niños…todo envuelto en música, tambores, alcohol, y convertido en fiesta. Todo vale para dejar de ser por un rato ese “yo” que a veces tanto aprieta.

Pero cómo se construye esa identidad que no sólo en Carnaval jugamos a disfrazar según en qué escenario nos toque bailar….Los psicoanalistas dirían que la identidad viene determinada por las experiencias de la infancia y que hay que comprender cada elemento del disfraz para encontrar el que más cómodamente nos permita bailar. Los conductistas, sin embargo, no quieren saber nada del origen del traje, es irrelevante, sólo importa diseñar el que hoy necesitemos para vivir la fiesta en toda su plenitud.

El despliegue de fantasía que rodea mi ciudad estos días me ha hecho pensar en ello.

Pensando  en la infancia como germen de la identidad, a los que hemos tenido una niñez pobre en juegos,  más nos vale creer que aquella  se forma básicamente de voluntad,  yo afortunadamente lo creo.

Porque el niño que no pudo jugar despreocupado siempre intentará lastrar  la vida adulta. No tiene mala intención, seguramente sólo intenta poner un final saludable a lo que quedó inacabado, busca los abrazos que calmen su inseguridad, el valor adulto que apague su miedo, y la generosidad que no lo juzgue cuando falle, pero una vez más tendrá que encontrarlo en sí mismo. Y dramatizarlo no va a  ayudar, así que lo mejor va a ser echarle voluntad para ser quiénes queremos ser, para aceptar lo que fue y  para perdonarnos por lo que muchas veces no logramos llegar a ser.

Por otro lado,  los infantes felices suelen  haber recabado en el camino  herramientas suficientes para tropezar con la vida de golpe, aquí no es tan común la aparición del niño asustado, quizás aquí el lastre sea ese niño feliz al que el dolor, preocupación y desesperanza le son tan ajenos como consustanciales a la existencia adulta.

Pero la infancia no tiene por qué ser más que eso, un germen que puede lastrar más o menos, porque la  identidad, aunque condicionada por tantas cosas, y por eso mismo, es el espacio donde existe la oportunidad inagotable de elegir quiénes somos, el sitio más amplio y libre del ser, que se compone y descompone con el  olor de quien dejamos ir,  los libros que nos regalan,   la música más sentida que escuchada, el vino probado por primera vez, los viajes al mismo lugar tres años más tarde,  las miradas honestas  al espejo…

El Carnaval puede que sea un buen momento para  disfrutar de ser quiénes precisamente  hemos elegido no ser,  sin juicios propios ni ajenos.

Y visto así, ¿a quién puede no gustarle el Carnaval?.

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