Lo que me queda por vivir

 

 

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Quería escribir sobre  mi decepción ante las intenciones declaradas por Podemos, en relación a los nombramientos de miembros del poder judicial y otros cargos del Estado. En el camino, e intentando la mayor asepsia posible, me leí las cien páginas de “Un país para la gente” y entre eso y una semana llena de tareas imprevistas, el tema se me ha quedado antiguo, mejor, porque prefiero no escribir sobre política, y me reservo la opinión para mis futuras decisiones electorales.

Descartado el análisis político, y en una línea anímica por la que discurren a la vez como pueden, la alegría, la incertidumbre, el miedo y la ilusión, leo de un tirón “Lo que me queda por vivir” de Elvira Lindo, a la que descubrí hace semanas, también de un tirón, en “Noches sin dormir”. Lo leo con un lápiz a mano y ahora encuentro entre la última página y mi libreta rosa con bailarinas negras, las páginas que quería destacar y entre ellas una frase…“han crecido las flores del aloe vera y se acercaban los jilgueros buscando el polen”, que no recordaba haber anotado el domingo por la mañana mientras hablábamos por teléfono, normal, en la misma libreta hay  apuntados un millón de teléfonos de inmobiliarias que separan el domingo de este martes. Los cambios inesperados alteran la percepción del tiempo.

Antonia, la protagonista, se siente una madre desordenada, una hija demasiado determinada por las expectativas de sus padres, y una mujer frágil a la que a la vez horroriza la compasión ajena y prefiere rumiar sus penas en secreto. No sabe cómo gestionar la  humillación que siente por el abandono de su marido, y va llenando vacíos como puede, se siente tan vulnerable como el niño de 4 años al que debe criar. Me fascina cómo Elvira Lindo desnuda sus debilidades, en esta historia las de Antonia, con un tono de confesión sincera y acatadora del  posible reproche propio y ajeno, que en mí, causan un efecto absolutorio de casi toda posible falta, incluidas las mías. Admiro la capacidad de estas dos mujeres de acercar la debilidad de carácter  a la virtud de vivir con quien se es, de quererse a pesar de todo desde la más absoluta humildad. Es esa conciencia de sus errores la que hace que Antonia sea reconocida por su hijo pasados los años como una buena madre, aunque ella siempre lo siga dudando…“actúas como si se tratara de un cariño que estuviera en cuestión y es ridículo, nadie va a robarte nada, no conozco a un hijo que quiera más a su madre”…le dice su segundo marido sobre sus  dudas.

Me apunto la receta para lo que me queda por vivir a mi, mientras escucho “no surprises” versionada por Regina Spektor  y  espero que me avisen para recoger “Lugares que no quiero compartir con nadie”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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