Espalda

columpio cortada

¿Recuerdas cuando eras pequeña y te dibujaba las cosas de la habitación en la espalda para que las adivinaras?. La pregunta contiene una declaración de amor infinito, a la desesperada,  de un hombre que sabe más hacer que decir, pero quiere decir…espero que sepas que siempre he querido hacerte feliz. Yo espero que él sea capaz de recibir sólo el amor, igual de infinito, que hay  detrás de mi “sí” despreocupado y con prisa para cambiar a cualquier otro tema trivial,  y que el reproche que también esconde, se diluya en el aire frío del patio, o se quede conmigo, porque es sólo mío.

En aquella casa no solía haber juguetes, no se iba al parque, no había dibujos animados. Cuando él salía temprano a trabajar, y hasta por la noche, todo se llenaba de “ella”,  y por la tarde había que volver del colegio. Él no supo hacerlo de otra manera…”trata bien a tu madre”, Rosa, me decía siempre. “Estos niños no me quieren”, “péinate, péiname, que yo no sé”, “sólo me regalas basura”, me decía ella.

Y muy lejos de ellos, la mujer a veces temblorosa que soy, hace reír a la niña asustada, le dice que los monstruos no existen, le canta, la ayuda a patinar, a llenar la cuota de niñez no vivida, y somos felices juntas, pero algunos días la niña no me quiere a mí,  y querría sólo volver a aquella  cama,  a adivinar los dibujos de las cosas de la habitación, y tener una historia diferente que contar.

 

 

 

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