Aprender

camino foto

La perspectiva lo es todo, el parabrisas lleno de lluvia fina puede parecerte un cristal desintegrándose o un cielo de noche clara lleno de estrellas. El coche de autoescuela que va delante avanza lento y torpe, con el tiempo la conductora novel manejará otro sin darse cuenta, pero nadie podría convencerla de eso ahora.

Aprovecho para recordar el tono de la canción antes de entrar en el aula. Aún en  la calle, y de modo más intenso por la lluvia, me llega el olor a lápices, merienda, tizas, papel, que permanece en las escuelas a través del tiempo, y se escucha el sonido de clarinetes, violines y guitarras, en melodías y compases inconexos. El piano suena y las notas ya salen más seguras, siempre es igual, la confianza con la canción va surgiendo como en cualquier relación, tropezando con las notas más arduas y disfrutando de las que salen como si ya las conocieras hace mucho, aunque en la relación musical, la felicidad plena, aún efímera, está asegurada.

Sigo con el resumen de contenido educativo que me he ofrecido a hacer por algunas de las cosas que se acaban compartiendo en una relación,  hay un término novedoso, “las competencias”, y una recurrente, “aprender a aprender”. Me viene a la cabeza la aprendiz de la autoescuela, la clase de canto y mis rabietas del día, y  me pregunto si el camino de aprender no será un proceso tan inabordable y necesariamente reservado a la intimidad del ser único que somos.

Tumbada en la cama, miro la parte cedida de mi armario, y por más que me pregunte qué siento, no sé cómo llamarlo.

Lo inacabado

cielo y montaña

Al cerrar la carpeta del asunto en el que trabajaba, y detener un tenue impulso de ordenar los papeles, pensé en la extraña seguridad que me da el desorden. Era un divorcio, un proceso en el que se ordenan las consecuencias de un caos que no se ha podido evitar.

Puede ser una taza en el fregadero, un cojín descolocado en el sofá o algo de ropa fuera del armario lo que me da esa rara confortabilidad, un apego a lo inacabado. Igual que Giovanni Drogo en El desierto de lo tártaros  se pasó una vida entera posponiendo “vivir” para un momento futuro más conveniente, apegado a una seguridad reglamentaria; con algo más de valor y mucha más suerte, voy posponiendo finales convencionales, disfrutando de un caos controlado, que  a veces se me desordena más de la cuenta y que, aún cuando está al servicio de mi equilibrio,  desquicia a mi  yo más perfeccionista, que por algún lado andará; aunque sólo sea para demostrar que el “yo” se compone de contradicciones.

Al gusto por lo inacabado lo suele acompañar la pereza, la impuntualidad, el despiste…Pero  podría ser que lo que lo alimenta de verdad sea  una rebeldía rotunda a ajustarse a un orden fijado. Un deseo de vivir en este mundo  con reglas propias y un cierto placer en el reproche propio y ajeno que conlleva la transgresión. Un “lo hago así porque me da la gana”, que si no supone un perjuicio para nada ni nadie y no hace demasiadas migas con la soberbia o la indolencia, puede caminar más del lado de la virtud que del defecto, pero que yo, por si acaso, voy a seguir intentando dominar para que no sea mucho más que una taza o un cojín, o unos cuantos papeles desordenados, pero tampoco mucho menos.

Porque en alguna parte de mí esa inconclusión significa tener que seguir haciendo, y eso significa, vivir.