Sábado

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La biblioteca está en un Convento Franciscano del siglo XVII que se ha incendiado dos veces, y derrumbado una, en 1963. Hay una placa con los nombres  de las 23 personas muertas en el derrumbe y suele haber flores en su memoria. Todas habían ido aquel día a tramitar su documento de identidad.

Es sábado, he llegado a las nueve para sustituir a la bibliotecaria. Las puertas son de madera maciza y pasadores de hierro, las llaves son largas, pero todas abren fácil y suavemente, sin trucos. Los cipreses del patio dejan que el sol les ilumine la sobriedad en la que guardan lo que han visto pasar, quedarse, irse. Y el agua de la fuente central mana a un ritmo perfecto.

Abro “Así empieza lo malo” de Javier Marías, y leo “el mundo, con su débil rueda, lo incorpora a uno (….) y lo arrastra desganadamente, pues es vieja y ha triturado muchas vidas sin prisa a la luz de su holgazana vigía, la luna fría que dormita y observa con solo un párpado entreabierto, se conoce las historias, antes de que acontezcan”.

Cierro el libro para gestionar préstamos y devoluciones, alguien me pregunta por una guía de viajes de Tokyo, irá con su mujer en noviembre.

Los cipreses, como la débil rueda del mundo, nos ven pasar, reír, tropezar. Y los imagino mirándonos con una sonrisa tranquila, lamentándose  por no poder contarnos todo lo que saben.

Una loba del arte

caperucita

“Una loba es una mujer de la que nadie se puede reír más fuerte que ella misma”

Esta es la sentencia que me he encontrado al reabrir la última de tantas veces el libro de Marta González de Vega, De caperucita a loba en solo seis tíos, Ediciones Martínez Roca, 2015. Aunque el título puede sugerir autoayuda, al leerlo uno se percata pronto de elementos que por suerte  lo distinguen de este género, que  crea más apuros de los que arregla, creo.

Marta es guionista de comedia (televisión, teatro, cine…)  y este libro muestra su calidad como humorista, manteniéndote en una casi carcajada de principio a fin. Creo que se podría decir que reúne con justo equilibrio humor, realidad, algo de ciencia, humor, y mucho más humor. Además, hace algo poco común en la literatura sobre relaciones escrita por mujeres y supuesta y equivocadamente  dirigida solo a mujeres: habla sobre sentimientos de humanos, absteniéndose de forma muy afortunada de recomendarnos a nosotras resolver el sufrimiento amoroso mediante el ataque o la ridiculización hacia ellos. En este libro, el que hace ridiculeces tiene que espabilar para dejar de sufrir, sea hombre o mujer, se dirige al que siente. Presenta una fórmula valiente para enfrentarse a esa dichosa enfermedad que nos hemos empeñado en llamar amor, y transmite la gran verdad de que la vía del humor es un camino muy conveniente para conocerse a sí mismo. Todo sin obviar las diferencias (muchas biológicas) entre los dos sexos, como tampoco la realidad que los une, que es la necesidad de relacionarse. Y como ya veo a las feministas echándoseme encima, calma, porque tampoco va por ahí la cosa.

Tampoco esto se queda en el libro, porque Marta también es actriz y en octubre pasado vi en el Teatro Municipal Mar i Terra de Palma de Mallorca, su espectáculo sobre esta caperucita que aprendió a ser loba. Yo estaba en primera fila y recuerdo entre el público mucha risa, que no decayó durante toda la función, lo que es enormemente difícil, mucho aplauso y comentarios como ¡qué buena la tía! o ¡ cómo canta!, y es que resulta que Marta también es cantante con un registro de soprano  que te deja pasmada.

Y es que lo que yo de verdad quería hacer aquí, aparte de recomendar el libro, es anunciar muy alto que  el próximo 11 de  octubre estrenará su espectáculo en el Teatro Pequeño Gran Vía de Madrid, sí, por fin en Madrid, por lo que ya es solo cosa de ustedes reír mucho y disfrutar del talento de esta loba del arte.

Equilibrio

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El hombre anciano nos habló tras cruzar la verja de la residencia, como si llevara un tiempo esperando a alguien a quien decirle aquello. Lo dijo mucho antes que su nombre, Salvador: Cuando llega un pensamiento negativo hay que buscar otro positivo (para equilibrar, pensé yo). Luego dijo que conviene acercarse a buenas personas porque estas alegran (equilibran, pensé yo) y las otras destruyen. Y añadió, “el mundo sí funciona, porque si en un lugar algo se destruye, a la vez en otro algo se arregla o se crea” y yo volví a pensar en que la armonía está compuesta de complejos, casi siempre frágiles, equilibrios.

Antes de salir de allí una enfermera simpática y culta nos habló de ruinas románicas en León, de su catedral gótica, y nos enseñó unas fotos de las vidrieras que nada tienen que envidiarle a Notredame, dijo él, al que la enfermera se refirió como mi marido y no corregimos. Nos deseó un feliz domingo a los tres, y salimos  para hacerle el domingo distraído a ella, antes de llevarla de nuevo a la residencia. Es solo temporal, hasta que se recupere, en realidad todo lo es.

Cuando él subió al barco que lo lleva a otra isla para trabajar cada lunes, tomamos tila al lado de un lago artificial que a ella le pareció una playa. Luego prometió que esta semana sí se bañaría en la piscina.

Ya en el coche, un hombre se negó a dar marcha atrás porque el bloqueo de la entrada al recinto “no fue su culpa”, un ejemplo de quien no está dispuesto a equilibrar, pensé.