Carmen Laforet, una mujer en fuga

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“Porque la risa, en efecto, sería siempre su arma de defensa, su forma de conjurar los problemas, de reaccionar tal vez nerviosamente a las tensiones familiares de forma que no llegaran a herirla.”

Veo ahora esta frase subrayada al abrir “Carmen Laforet, una mujer en fuga”, una biografía sobre la escritora, hecha por Anna Caballé e Israel Rolón, y publicada por RBA, que terminé de leer hace unos días. La había encontrado en unos saldos y estuvo  meses en la estantería mientras yo iba prefiriendo novedades y recomendaciones para leer. Ahora vuelvo a mirar la fotografía de Laforet en la portada y encuentro un casual encaje entre su mirada reflexiva, su afán de vivir discretamente y la forma en que llegó y permaneció en mi estantería, como deseando no ser muy tenida en cuenta. Llama la atención esa aversión por el interés ajeno sobre ella y su obra, que tanto la puso en conflicto con su amor por la literatura.

Al hilo de la comunicación epistolar de Laforet con sus tantos amigos me fui entusiasmando con su vida. Con 21 años escribió Nada, primer premio Nadal en 1945 y considerada una obra maestra de forma casi unánime por el mundo literario y académico  de dentro y fuera desde entonces. Ella la escribió por verdadera pulsión narrativa, y la publicó por casualidad y necesidad  económica a partes iguales. El reconocimiento cohibió su genio literario, que nunca más fue libre. Residían en su carácter hipersensible varios rasgos de peligrosa concurrencia. La  falta absoluta de vanidad no dejó actuar al éxito como mecanismo compensatorio de la inseguridad extrema. Y todo explotó en su interior. Es curioso encontrar un talento de su altura sin vanidad, pero así fue.

A mí, que en mi entorno familiar me han rodeado mujeres pobres y sin vida intelectual, centradas en la cocina y el cuidado de los hijos y el marido, me  terminó de entusiasmar cómo en pleno franquismo,  Laforet, casada y llegando a tener cinco hijos se movía por el mundo y nunca cocinó más que un café. Vivió en Tánger, Roma y París, alquiló una casa en Cercedilla, donde se retiraba a escribir semanas sola, con una normalidad que hoy, en plena modernidad, no aceptaríamos como dinámica de vida en pareja. Su matrimonio duró 24 años, ella terminó agotada de creerse juzgada por su marido, el periodista Manuel Cerezales. Otra vez su inseguridad extrema. Él fue quien la animó a presentarse al Nadal, premio que a ella tanto le pesó, pero que le permitió vivir con cierta soltura hasta su muerte. No sé si ella, que creció en una familia burguesa, valoró este hecho suficientemente.

Como  no he leído Nada, he ido a comprarlo y al tenerlo en las manos, he sentido cómo si se me estuviera entregando un tesoro, cosas de mi entusiasmo y del rédito mágico de la lectura.

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