Ir fuera

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Tengo un amigo con el que siempre he compartido de manera muy cómplice la aversión a tópicos, eufemismos y correccciones políticas diversas. Nos hemos reído mucho imaginando las caras que nos pondrían algunos al decir que nos parece un asco el lenguaje no sexista o alabando la última medida del PP, al que ninguno de los dos ha votado nunca. Me paro a pensar ahora en la felicidad incomparable que da la complicidad cómica entre dos personas.

Pero hay una idea que siempre nos ha hecho discutir. Él defiende un plus de validez profesional en aquellos que se han ido fuera a estudiar y trabajar y yo discrepo rotundamente. Reconozco el indudable valor  que tiene estudiar en Londres con el único apoyo  de un trabajo de camarero y una familia de economía humilde. Por si esto fuera poco mi amigo luego ha trabajado por casi medio mundo. Pero no puedo admitir otra forma de medir la valía de alguien que no sea a través de sus actos, al margen de dónde, cómo y por qué ha estudiado, y menos aún por los lugares donde ha vivido. Mi amigo es una suerte  de confluencia casual entre valía y vida y formación fuera. Pero hay veces en que lo que no está dentro no se puede encontrar fuera.

Me  refiero al complejo muy español y más canario aún de creer que dentro significa fracaso y fuera  éxito. Hoy algo me lo ha recordado. En una conversación cualquiera, alguien se empeña en remarcar con más frecuencia de la necesaria que vive fuera. Como si creyera que puede caber alguna duda, también se empeña en dejar claro que no vive dentro.

A mí también me ha atravesado el deseo acomplejado de vivir fuera, tanto que es una opción  vigente en mis planes. Es un proyecto de lo  más romántico y no dudo que de los más constructivos,  espero poder cumplirlo. Pero espero que no me pase algo que me parece muy destructivo: esa especie de desprecio hacia el lugar de origen, hacia las vidas de los que  hasta ahora se han quedado, y la exaltación de lo lejano y nuevo como lo mejor.  Volviendo a mi amigo, cada vez más me dice, quiero estar en casa.

Él está de vuelta del complejo, nunca hubo nada fuera que él que no llevara ya dentro y eso se nota. No necesariamente  hay límites territoriales a la voluntad de crecer. Y los complejos  no se curan viajando en metro.

Rostros

 

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Nos ha pasado a todos. El aprecio de lo bello se sujeta a reglas sutiles que miden la profundidad de una mirada o la armonía entre el timbre de una voz y lo que sale de ella. Y entonces ocurre que después de una o muchas conversaciones, el otro puede resultarnos infinitamente más bello, o al revés.

Pero hay algunos a los que nunca llegaremos a conocer aunque vemos y escuchamos hablar continuamente. Me vienen a la cabeza algunos presidentes; Aznar y aquella hermética máscara arrogante o  la sonrisa bobalicona de Bush. Personajes incapaces de  imprimir belleza a sus actos por carecer de todos los elementos que pueden definir a  ésta. Ni  bondad, ni humildad, ni inteligencia. Nada.

Y ahora tenemos a Trump, al que casi no hace falta ni escuchar. Su mirada refleja el vacío absoluto, el único deseo de dominar al mundo entero solo por  diversión. Su imagen personal y familiar confirman que todo el lujo del mundo no crea belleza donde no puede haberla.

Casi al mismo tiempo que su triunfo, ha ocurrido la muerte de Leonard Cohen, que iba despeinado y cantaba bajito. Algo podía saberse al ver su mirada: donde hay sensibilidad hay belleza.