Rostros

 

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Nos ha pasado a todos. El aprecio de lo bello se sujeta a reglas sutiles que miden la profundidad de una mirada o la armonía entre el timbre de una voz y lo que sale de ella. Y entonces ocurre que después de una o muchas conversaciones, el otro puede resultarnos infinitamente más bello, o al revés.

Pero hay algunos a los que nunca llegaremos a conocer aunque vemos y escuchamos hablar continuamente. Me vienen a la cabeza algunos presidentes; Aznar y aquella hermética máscara arrogante o  la sonrisa bobalicona de Bush. Personajes incapaces de  imprimir belleza a sus actos por carecer de todos los elementos que pueden definir a  ésta. Ni  bondad, ni humildad, ni inteligencia. Nada.

Y ahora tenemos a Trump, al que casi no hace falta ni escuchar. Su mirada refleja el vacío absoluto, el único deseo de dominar al mundo entero solo por  diversión. Su imagen personal y familiar confirman que todo el lujo del mundo no crea belleza donde no puede haberla.

Casi al mismo tiempo que su triunfo, ha ocurrido la muerte de Leonard Cohen, que iba despeinado y cantaba bajito. Algo podía saberse al ver su mirada: donde hay sensibilidad hay belleza.

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