Colapsos

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MI único malestar al despertarme fue un uñero en el pie. Después del trabajo brindamos por una navidad más juntos y posamos francamente contentos, no es para menos. Al otro lado del teléfono parecías cansado, reías como siempre, pero supe que hoy nuestro código cómico no alcanzaba para dominar la adversidad de esta semana, que comenzó con un robo. Alguien se aprovecha del descuido humano que produce sentirse dueño de algo, y  el robo deja en uno el rastro del desamparo y la traición.

Al llegar a casa ordené lo que había comprado, unos vaqueros modelo boyfriend- se llaman así porque pretenden emular el efecto de un pantalón masculino sobre el cuerpo femenino- y un bolso negro. Al sentarme en la cama leí en el teléfono: El final de Alepo, una noticia en  el  periódico sobre los últimos asedios. Entre los datos desoladores,  una frase de un casco blanco sobre la dificultad para retirar cadáveres: “El colapso de la humanidad”.

Y sospecho que la humanidad empieza a colapsar de manera incipiente pero irremediable cuando el beneficio propio puede más que el efecto adverso en el otro. Y me quedo en la cama dándole vueltas a una idea: la tragedia más infame no va a ser un consuelo para nuestros cotidianos colapsos, no debe serlo incluso, creo. Pero mis vaqueros nuevos y tus adversidades quedan teñidas de un molesto tono culpable. Y la traición vuelve a mi mente, la que se ha tendido al medio millón de muertos de Alepo.