Era una broma

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Cuando era pequeña y me oían adultos decir palabrotas, yo respondía buscando salir impune del apuro: era una broma. Aún sabiendo que era una excusa burda e insostenible, lo seguía diciendo. Era una niña asustadiza y cobardica.

Hace tiempo, en mi casa, sentados en mi sofá, un tío le dijo a mi  amiga: tienes casi cuarenta años, estarás desesperada por encontrar novio. Él tendría treinta y cinco, estatus profesional y social alto, al que sería de suponerle nivel cultural similar. A los pocos días, el mismo tío colgó en Facebook una defensa sentidísima de la igualdad de género en el día de la mujer. Pensé entonces que lo del sofá “era una broma”, dándole una oportunidad a mi excusa burda de la infancia.

Otro día, en el metro, una pareja joven discutía reprochándose ofensas  perdonadas en falso. Ella parecía decidida a dejarlo y dijo: un día me dijiste que no te veías metiéndola toda la vida en el mismo agujero, y luego  afirmaste: qué quieres que te diga, es la verdad. La mujer prosiguió: Está fuera de lugar y es de mal gusto. El hombre respondió: ¡pero eso era una broma!, pareciendo tan esforzado en dejar esto claro como cuando intentó dejar claro lo contrario.

De niños, sí, es gracioso el recurso de la broma, inofensivo, porque el adulto finge ofensa solo para reprender. Todos saben que no era una broma y poco importa porque no hay daño para nadie.

Pero de mayores, las bromas deben ser graciosas. Si ofenden, son insultos. Y si ofendes, que humano es, y lo quieres arreglar de verdad, discúlpate. Anda.

 

 

 

¿Te importa que baje las cortinas?

bailarinas

 

Francis Scott Fitzgerald dividió en tres partes su novela Suave es la noche. En algunos momentos la escena se corta con este diálogo:

¿Te importa que baje las

 cortinas?. No, al contrario. Entra demasiada luz.

Al menos una de las veces, me parece claro que Dick Diver  (el encantador psiquiatra que se puede sospechar que Fitzgerald alumbró para ficcionar su propia vida), se la dice a sí mismo cuando la impostada felicidad en la que vive inmerso no es conciliable con su tumulto  interior.

Bajar las cortinas, quedarse a oscuras. Suspender por un rato la luz, cuando llega a cegar. La luz de la exigencia unilateral ajena sobre nosotros. Incluso la luz que ilumina la belleza y la suerte que nos ha tocado, para mostrárnoslas sin posibilidad de no ser admiradas.

En otro momento de la historia, la frase parece decirse como protección a un posible efecto adverso de la dicha extrema. No quiero sentirme tan bien porque en ello va la posibilidad de sentirme tan mal. Bajo las cortinas, menos luz, menos dicha. Más control.

Sea por lo que sea, bajar las cortinas es obligado. Cada uno sabe cuando. Y lo hacemos como podemos. Tendríamos que saber la medida de la luz que podemos soportar, y en el momento dado, no dejar que entre demasiada. Juicios, reglas: luz cegadora. Entendernos a solas y a oscuras con lo que sea que tengamos que entendernos. Cortar la escena, descansar un  rato. Y que nadie interrumpa.