¿Te importa que baje las cortinas?

bailarinas

 

Francis Scott Fitzgerald dividió en tres partes su novela Suave es la noche. En algunos momentos la escena se corta con este diálogo:

¿Te importa que baje las

 cortinas?. No, al contrario. Entra demasiada luz.

Al menos una de las veces, me parece claro que Dick Diver  (el encantador psiquiatra que se puede sospechar que Fitzgerald alumbró para ficcionar su propia vida), se la dice a sí mismo cuando la impostada felicidad en la que vive inmerso no es conciliable con su tumulto  interior.

Bajar las cortinas, quedarse a oscuras. Suspender por un rato la luz, cuando llega a cegar. La luz de la exigencia unilateral ajena sobre nosotros. Incluso la luz que ilumina la belleza y la suerte que nos ha tocado, para mostrárnoslas sin posibilidad de no ser admiradas.

En otro momento de la historia, la frase parece decirse como protección a un posible efecto adverso de la dicha extrema. No quiero sentirme tan bien porque en ello va la posibilidad de sentirme tan mal. Bajo las cortinas, menos luz, menos dicha. Más control.

Sea por lo que sea, bajar las cortinas es obligado. Cada uno sabe cuando. Y lo hacemos como podemos. Tendríamos que saber la medida de la luz que podemos soportar, y en el momento dado, no dejar que entre demasiada. Juicios, reglas: luz cegadora. Entendernos a solas y a oscuras con lo que sea que tengamos que entendernos. Cortar la escena, descansar un  rato. Y que nadie interrumpa.

 

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