Turismo

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Hace poco, sentada en un bar de mi pueblo, en la mesa de al lado una chica se esforzaba en dejarle claro a su acompañante que a ella le gustaba viajar pero no ser turista. 

Es un pueblo de costa, donde presumimos de no haber caído en el  desenfreno turístico pese a estar enclavados en el sur de Tenerife. Aún sin hoteles, en verano y puentes no podemos aparcar al llegar del trabajo y los cajeros automáticos se colapsan. En el pub de siempre, el portero controla la fila con una hostilidad poco entrenada. No falta el discurso del veraneante urbanita que nos felicita por vivir en este paraíso. Miro los contenedores de basura desbordados y no me queda claro que esta moda como destino vacacional que nos ha tocado en suerte nos beneficie más que pese. Es casi imposible alquilar por larga temporada para trabajadores de la zona. Y la salubridad del mar también parece haber notado algo.

En esto, que quede claro no es turismofobia, salimos a Lisboa, una muestra de ciudad llena de visitantes que no quieren ser turistas. Pedimos  a nuestros  anfitriones de B&B que nos  ayuden a conseguirlo. Parecería un simple esnobismo y en parte lo es. Pero hay otras cuantas razones. Me parece descubrir alguna leyendo Lisboa, escrito por Fernando Pessoa en 1925, que compro en castellano  en la librería Palavra de viajante en la Rua de Säo Bento. El capítulo que ocupa casi toda la obra se titula “Lo que el turista debe ver”. Pessoa, que ama la ciudad hasta el tormento a causa de su traslado repentino a Sudáfrica cuando era un  niño feliz en su barrio Largo de Säo Carlos, presenta al turista como una persona con el deseo de conocer un lugar.

¿Tenemos algún problema en ser considerados turistas y ejercer de ello conforme a esta definición?. No creo. Pero el neoliberalismo, el capitalismo, el consumismo y vayamos a saber  cuantas estrategias  más que han diseñado para regir nuestra conducta, han subvertido (también) el concepto de turista. Y es legítimo y saludable que queramos escapar de él. Que no queramos otra cosa que  ser, como aquél al que guiaba Pessoa, personas con la voluntad y  curiosidad de conocer un lugar, vivir en él, sentir en él, comer en él. Sin menús con el “mejor” bacalao ni buses que te trasladan gratis a un centro comercial outlet. Queremos algo sencillo que no encaja en el plan mercantil creado  para que el turista consuma el producto hecho para él y no conozca nada. Pasamos dos días siguiendo las indicaciones  de Pessoa y comprobando su plena utilidad casi un siglo después.

Por lo que, cualquier apariencia de esnobismo, puede que no sea más que la búsqueda de un poco de verdad.

 

 

 

 

 

 

 

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