La felicidad exigida

2017-10-09-PHOTO-00000045

Fotografía de Hinde Chergui.

Acabo de terminar de leer La resistencia íntima, de Josep María Esquirol (Acantilado). Una obra de valiosa ayuda para la existencia. Ayuda como  lo contrario de autoayuda y ésta como tendencia que valida las incontables “guías del camino hacia la felicidad”,  de las  que Esquirol dice que: “….ni tan solo se trata de la buena sofística (aquella de la que es posible aprender algo), sino de la sofística estéril, cuyo aspecto deplorable no procede de la retórica sino de la mediocridad”.

La autoayuda como producto listo para consumir lleva ya dentro un germen de la deformidad social de la que nace: el individualismo. Se ponen a la venta libros, vídeos, cursos, muchos con solvente fundamento científico, lo que les asegura su incontestabilidad. Y practica, ríe, sé feliz, genera endorfinas, serotonina, dopamina. La mayor utilidad que le observo  a estos medios es la  que tiene en los casos en que no se necesita.  Pequeños o medianos contratiempos que acompañados o no de estos manuales se resuelven por sí solos o con una razonable voluntad del sujeto contrariado.

Pero el malestar es otra cosa, y en esta cosa la Autoayuda deja al ser debilitado, solo. El propio término lo sugiere: auto, tú mismo, tú solo. Aunque quizás ese no sea el mayor daño que le hace. El mayor peligro al que lo enfrenta es a la idea de que la debilidad es vergonzosa y que debe combatirse. Y un ser debilitado, solo (o rodeado de manuales), avergonzado y combatiendo, no está en un escenario muy alentador.

Esquirol habla de juntura, sutura, proximidad con el otro y entre uno y el mundo, amparo, consuelo, conceptos de los que el individualismo se avergüenza. Y propone bajar al hueco de la nada en el que hay poco que conseguir, apenas mirar sin velos . No hay una verdad de la existencia. La ciencia ha conseguido explicar transiciones de estados de ánimo, comportamientos. ¿Y qué?. ¿De qué nos sirve saber qué química hay detrás de la risa o del llanto, si no se nos dice también que entre el más moderno descubrimiento científico y el comportamiento humano está el margen en el que habitamos, y este solo es abordable desde la máxima franqueza y dejando a un lado discreto pero accesible, la ciencia, y a otro lado más apartado, las exigencias.

No voy a defender la melancolía frente a la diversión. Deseo la tristeza lo más alejada posible de mí y de los que quiero. Tampoco, en este punto de la victoria individualista pretenderé que nadie se plantee estas cosas en los términos que defiende Esquirol (aunque recomiendo profundamente su lectura). Soy de expectativa corta, me va mejor así.

Pero sí me seguiré empeñando en exigir el derecho a la debilidad como parte no solo de la existencia, sino como elemento transformador y como signo de fortaleza. El que la ha conocido (la debilidad) y se ha dado la oportunidad de no combatirla, lo sabe.

Y en una propuesta intermedia entre la autoayuda y la ayuda acompañada, invoco la opción de una guía existencial más franca. Una que al menos nos consuele diciéndonos que no hay ningún camino hacia  la felicidad, sino algo mejor, una vida llena de todo y llena de nada.

De lo contrario, solo me asalta una pregunta recurrente: ¿nos quiere el orden moderno más serenos?; ¿si?. ¿O más desorientados y con más dinero gastado en guías estériles?.

 

 

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