Humanismo. Ya.

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Las palabras llegan del otro lado del teléfono. La voz es masculina. Las acompañan  otras que relatan platos de un menú y detalles de un  recinto cualquiera. Antes de ser transportadas por el hilo que une los dos modernos aparatos hubo un momento en que pudo  presagiarse que nunca serían dichas. Pero al  terminar ese instante, en el que se hablaba algo sobre  la maestría narrativa de Galdós, y después de entonarse,  por alguna disertación que ya no recuerdo,  el término educación,  sonaron así:

“Me dijo de una forma muy graciosa que él creía que (a ella) todo se le quitaría follándola. Lo que tiene es falta de un polvo.”

“Parece machista pero no lo es, solo es una broma”, concluyó.

Sería hipócrita decir que yo nunca he hecho o reído un comentario parecido. Sería grave no parar lo antes posible. Hasta ahora, aplicaba a todo ser hablante una  presunción de altura moral, como la de inocencia que le debemos a los miembros de una terrorífica manada, que no me impedía creer en la posibilidad de hacer uso de esos clichés sobre sexualidad femenina con finalidad únicamente chistosa, igual que  reímos al ver caer a alguien pero nunca le habríamos tirado nosotros ni dudamos de ayudar a levantarle.

Pero como en la educación de un niño el grado de su madurez se va midiendo para  decidir la  libertad que puede concedérsele, y sobre sus respuestas se articulan los  correctivos que se intuyan necesarios, así, como niños a los que aún no se puede dejar solos, ha demostrado estar en este asunto la colectividad adulta. Sin conocer aún el veredicto sobre los de la citada manada, el desarrollo del caso sí nos ha dado el resultado de la medición  de nuestro equilibrio y madurez moral. Desastroso.

No se puede  negar que una causa del problema es la cruel creencia masculina de superioridad, ni por supuesto que ésta exista. Sin embargo, no creo en ninguna posible corrección que no haga retroceder a los términos machismo, feminismo, patriarcado, sexismo, violencia, y todas las demás que se me puedan estar olvidando, al lugar reflexivo del que debe partir el ataque a cualquier mal causado por un trato injusto a las personas, el Humanismo.

Que el abogado  concluya la defensa de sus imputados por violación afirmando que a la vista del vídeo grabado de los hechos , el sexo practicado fue sin duda no solo deseado sino placentero para la mujer denunciante, no solo revela un gesto machista. Supone tan terrible legitimidad al juicio injusto de los actos de un ser humano por ser mujer, que      solo un combate al machismo no bastará. De enfocar el problema de la emancipación verdadera de la mujer habló la escritora y política anarquista Federica Montseny en los años veinte del siglo pasado. De situar la cuestión en el ámbito de lo humano y no de lo femenino y masculino. Dijo que la desigualdad “requiere una solución a nivel humano: la creación de una nueva persona cualitativamente distinta, mediante un proceso de autosuperación del individuo”. Así como que “el problema de la mujer debía situarse en el punto donde han de partir todas las inquietudes humanas: la transformación de una sociedad injusta”. 

Como Montseny, creo que llamándolo solo machismo y tratándolo como un problema solo de sexos, lo estamos reduciendo, y reduciéndolo, seguiremos planeando sobre solo uno de los satélites del asunto. Si fuéramos capaces de no dudar de que desigualdad de trato a la mujer no es más ni menos que una fatal injusticia humana, podríamos quizás olvidarnos de modernos postulados reductivos y ante cada chiste, cada juicio, aplicar un correctivo humanista y  honesto: ¿es justo para la mujer en cuanto la mujer es un ser humano?. El hombre podría plantearse simplemente: ¿me resultaría justo ser tratado así?.

Y en el correctivo humanista no puede faltar dejar de decir palabras que un ser humano cualitativamente distinto, más elevado, más justo, no puede permitirse. Porque lo que unas veces es “follándola se le quitaría todo” otras puede ser “viendo el vídeo se ve que disfrutó”. Y esta injusta intromisión en la intimidad, en el deseo de una mujer, de un ser humano, es intolerable.

 

 

 

 

 

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