Five pence

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Hace diez días que no estoy en mi casa. He venido a un pueblo del Sur de Inglaterra llamado Exmouth a aprender inglés, ahora se llama inmersión lingüística. He desaprovechado otros viajes a este país para hacerlo. Me acompañaba en ellos una idea que me ha perseguido con frecuencia: esto es para otros,  no para mí. Intentaba que hablaran los que me acompañaban o si estaba sola evitaba situaciones en las que tuviera que hablar inglés. Compraba comida en el supermercado y me la comía junto al río para no tener que preguntar por los menús en un bar.

La noche antes de venir, mi casa se me figuró más confortable que nunca. De pronto quería hacer en ella un montón de cosas que nunca hago y me daba pena tener que irme. Personas queridas me dijeron “eso siempre pasa”, y aunque ya lo sabía, agradecí que me recordaran esa forma en que el miedo tiende algunas de sus trampas.

La vida aquí empezó con una clase en el bar de la planta alta de la librería. Entendí muy poco de lo que dijo James, mi profesor, y él debió de darse cuenta a cada uno de mis síes más enfáticos y sonrientes de la cuenta. Las siguientes clases han sido en su casa pero yo he seguido yendo al bar de la librería cada día. Después de pedir la primera vez a la camarera que hablara más despacio, la dificultad se ha ido diluyendo y lo que un día fue, “esto no es para mí” se ha convertido en un “esto es como todas las demás cosas a las que temí en exceso”. Todo lo ajeno ha ido cobrando familiaridad y ya tengo en la cabeza un mapa de cosas que echaré de menos: el olor a suavizante de las Charities, el ruido que hacen las gaviotas peleando sobre la claraboya de la casa de Laura, el crujido del suelo bajo la moqueta, la ropa horrible en las tiendas, las funerarias con escaparate. Cuando pensamos en el extranjero siempre lo creemos más interesante que lo cercano, por desconocido, supongo. Cuando ya no es desconocido, solo es distinto, pero no más atractivo, un sitio que recordarás por haber perdido en él el miedo a algunas cosas, y al que quizás vuelvas, puede que incluso a vivir un tiempo. Sabes que también se te hará aburrido y que no importa. Sí importa haber hecho la vida de diferentes formas, la de allí, la de aquí y la de donde sea, ampliar la mirada, y trasladarse de país es una oportunidad para hacerlo, aunque no única ni indispensable.

Hoy, mientras caminaba por la avenida que da a la playa de camino a un pub para comer el sunday roast, me he agachado a recoger una moneda de cinco peniques, five pence. Metros atrás vi otra pero me dio vergüenza cogerla. Mientras la metía en el bolsillo miré a la playa y vi entrar en el agua de forma decidida y empezar a nadar a un perro. Pensé en cómo sentiría el frío de ese agua que según me han dicho hace sentir los mismos pinchazos que meter los pies en un cubo de hielo. Seguí caminando y tuve la tentación de buscar una explicación trascendente al encuentro con la moneda, pero no la tiene, solo un valor distinto a otra moneda que en otra acera también se le cayó a alguien al pagar el aparcamiento. Diferentes personas, diferente dinero y diferentes aceras. O no tanto.

 

El propio juicio

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Pienso hace un tiempo sobre la falta de entrega a pensar por uno mismo. En la supuesta era del “sé tú mismo”, resulta que todo nos intenta llevar a lo contrario, “adhiérete a lo que has leído o escuchado y no te molestes en analizarlo”. Y el intento da más frutos que pérdidas. A veces pienso si al ponerme nerviosa por lo que me preocupa el tema llego a exagerarlo, y en esto, de pronto he encontrado por un momento  apoyo y tranquilidad en algunas cosas mientras  leo El cuaderno dorado, de Doris Lessing. En el prefacio, escrito en 1971, la autora mientras  critica el sistema educativo de un país que no desvela, se dirige a un niño o niña hipotético y dice: Os educan personas que han sido capaces de habituarse a un régimen de pensamiento ya formulado por sus predecesores. Se trata de un sistema de autoperpetuación. A aquellos de vosotros que sean más fuertes e individualistas que los otros, les animaremos para que se vayan y encuentren medios de instruirse por sí mismos, educando su propio juicio. Los que se queden deben recordar, siempre y constantemente, que están siendo modelados y ajustados para encajar en las necesidades particulares y estrechas de esta sociedad concreta.

Sabiendo como puede saberse al leer a la autora, que al decir “individualista”  no se refiere a la perversa acepción neocapitalista que encaja con  el do it yourself,  al que lo menos que le interesa es que hagas nada, sino que tengas claro que solo te tienes a ti mismo, y que cuando alude a los que se vayan, tampoco se refiere a la versión reductiva de que desplazarse físicamente hace por sí solo nada en la mente de nadie, sino que se refiere a irse mentalmente del sistema ideológico predispuesto, las palabras leídas me producen un confort que necesitaba sentir sobre esto.

Y es que a veces tengo una especie de pesadilla despierta en la que imagino que solo es posible discutir con alguien sobre un tema utilizando frases hechas, tópicos, obviedades  y lemas. Juro que llego a agobiarme mucho pensándolo. En esa realidad que imagino no es una opción pensar un momento sobre lo que se habla, reflexionar y mirar al fondo del tema, entregarse un solo momento y sin límites al análisis con los medios únicos con los que cada ser humano cuenta. La angustia aumenta cuando pienso que expresar esta preocupación hará  probable que se me acuse de esnob. Por suerte, he conseguido que esto último me dé igual y aquí estoy escribiéndolo.

La estrechez mental parece cómoda, la reducción, un truco que acorta caminos, pero ni el do it yourself, ni el deséalo fuerte y lo conseguirás, ni ninguna falacia más de la psicología neoliberal está destinada a hacernos crecer como dicen, sino a lo contrario. Sin el propio juicio, no es posible el progreso.