Las mañas del yo

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Nunca entendí bien las definiciones freudianas de yo, ello y superyó, así que reduzco el objeto de mi observación cotidiana propia y ajena al “yo”, que profanamente defino como las motivaciones de debajo de más abajo aún de quien parece que somos.

Del tiempo en que visité a una psicoanalista guardo una costumbre: ante un comportamiento conflictivo, preguntarse, ¿a qué beneficia esto?. Una vez se empieza uno a contestar con honestidad, la pregunta es muy útil para que, al menos, a ese yo deje de funcionarle porque sí la maliciosa idea de que es quien mejor se preocupa por nosotros.

La fórmula no tiene como fin la felicidad, para esto es mejor una hamburguesa con queso, por ejemplo, pero sí que entre placeres y tormentos exista algo de cierto bienestar. No bienestar como placer, sino como claridad, poder verle el plumero un poco al yo. Así, cuando el narcisista se enreda en el empeño sucesivo por convencerse de su valía, sabría que esto no beneficia más que a la fuerza de su creencia falsa de que no vale nada. Y cuando el narcisista moderno adopta la recomendación neoliberalista de quererse a sí mismo para justificarse no ser generoso con los otros, podría darse cuenta de que a quien menos quiere es a sí mismo, que solo está envuelto en una trampa de autoagresión continua que además lo deja solo y que el autoamor que el yo le promete nunca llega. El complaciente podría atisbar que cada sí indeseado nunca suplirá el amor infantil no recibido y le garantiza una buena  porción de ansiedad futura. Y hombre, algo es algo.

Mientras todo esto ocurre o no ocurre, dos amigas sentadas en la arena de una playa pequeña se dirán:

-Creo que no me puede querer tanto como yo a él porque él utiliza más amor en sí mismo.

-Lo malo es que tampoco se quiere a sí mismo.