Alicia

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Desde mi 32 C veía solo el pelo encrespado de la mujer que estaba sentada en el  35 A. En realidad, primero solo oía su tos persistente y al asomarme vi el pelo. Cuando se inclinó para preguntar al azafato por qué hacía tanto calor aproveché para verla mejor. El desagrado que me había causado una tos y un pelo sin cara quedó en un error que no me perdoné al instante, y mientras descubría que era una mujer pequeña y delgada, de piel muy blanca y gesto elegante me dije, ¿Ves como la única forma de saber es conocer? Me olvidé de ella un rato, leí, pedí comida a una azafata y fui al baño. Volví a fijarme  cuando volvió a tener tos y el azafato le ofreció agua. Ella dijo: “Es por comer tanto chocolate, y por la edad, claro”, y otra mujer sentada a su altura pero en la fila del centro  le sonrió y tras hablar alguna cosa le dijo su nombre, María José,  y que es de Zamora y lleva treinta años viviendo en Tenerife. Imaginé una escena en la que una María José joven decía a su marido “Claro, me voy contigo, no vamos a estar separados”, aunque no tengo ni idea de la causa del traslado. La mujer de la tos dijo “Yo me llamo Alicia, soy de Gran Canaria y llevo 35 años en Madrid”, luego contó que se aburre porque es viuda y sus amigas casi nunca quieren salir con ella a tomar una caña o un vino y por eso ella quiere tener más amigas. Yo, que llevaba un rato queriendo entrar en la conversación, asomé la cabeza por el hueco entre el asiento de Alicia y el de al lado, vacío, y dije algo sobre hacer amigos en redes sociales con el mismo miedo a ser excesiva que cuando minutos más tarde me cambié al asiento vacío de su lado. Hablamos de las cosas que nos duelen, de La manada, de Carmena, del laboratorio de investigación donde trabajó, de partos, de placer sexual (sí), de sus hijos, y la escuché con la curiosidad irrefrenable que me causan las vidas de mujeres con edad parecida a la de mi madre,  como si estuviera siempre buscando imaginar las otras posibles madres que pude haber tenido.

Ahora, casi cada día recibo un WhatsApp de Alicia contándome lo que ha hecho con sus sobrinos estos días en Tenerife. En el último se despedía diciendo “Y ya sabes que cuando vengas a Madrid tienes mi casa, incluso si quieres venir a estudiar algo un tiempo”. Y yo sonrío imaginándome tomando un vino allá con ella, mi amiga de 73 años.