SALAS DE ESPERA

IMG-2874A veces acabas en un hospital sin esperarlo y otras vas con cita previa. Esta semana viví las dos posibilidades, las dos acompañando a mi padre. Primero fue un día en urgencias por crisis hipertensiva con sospecha de infarto, -Es poco probable pero tenemos que remitirlo para quedarnos tranquilos-. En la sala de espera, había en la mesa un libro de poemas de Pedro Salinas, La voz a ti debida, que alguien debió de dejar allí, quizás quien escribió Amalia Ruiz,1972 (Icod) en la primera página.
La mujer sentada a dos asientos de mí lo cogió, leyó un poco y lo devolvió a la mesa diciendo con ligero desprecio “esto es como leer la biblia”.
Otro par de asientos más allá, una pareja joven que cumplía todos los indicios estéticos de personas correctas, hablaba en voz muy baja, por lo que no puede averiguar quien era su familiar enfermo, aunque lo intenté. Parecían capaces de que nada pudiera alterarles. Su ropa, peinados y gafas cumplían con la misma sobriedad que sus gestos. Quise determinar que eran contables o empleados de algún banco.

Luego fue un ingreso breve programado para una cirugía menor. Desde que me senté con mi padre a esperar a que lo llamaran, notamos las ganas de hablar del hombre que teníamos al lado esperando a que su mujer saliera del quirófano. Luego entró mi padre y nos quedamos solos.
-Pues yo he sido aparca coches, encofrador, fotógrafo de bodas y bautizos y… fisioterapeuta.
-Ah.
-De mujeres, solo, ¿sabes por qué? Porque las mujeres son blanditas, más manejables, un hombre, por poca musculatura que tuviera me dejaría hecho polvo, qué va. Me lo pidieron muchos pero yo siempre me negué.
-Ajá.
-Cobraba dos mil pesetas la hora, daba los masajes en mi casa. hace cuarenta años de esto. Primero las desnudaba, las metía en la ducha para que se bañaran con un jabón especial que yo les daba, a veces yo las ayudaba a darse el jabón. Y, yo no se lo decía a ellas, pero el jabón también era desparasitante.
-Ya.
-Luego les tapaba sus partes con una toalla y venga a dar aceites, masajes, dale y dale. Al final, un masaje relajante y ella se iban encantadas. Luego lo dejé porque los maridos se enfadaban, no tanto porque tocara a sus mujeres sino porque no quisiera tocarlos a ellos.

Cuando llamaron a los familiares de Miguel Quintero entré con esa mezcla de fascinación, risa y miedo que siente uno al no poder comprender los límites entre el delirio y la imaginación.
Haber olvidado un libro para leer fue lo de menos.