Espejos

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En la pared de la escalera que subo hay varios espejos en los que solo puedo ver un trozo de mi cara. Molduras recargadas, doradas, y cristales pequeños. Busco  otro espejo en el que  también he pensado en  las últimas semanas, estando despierta. Lo recuerdo colgado en la entrada de esa casa que mi padre encargó a un constructor que se fue con el dinero, y luego fue hecha a trozos con otro dinero que mi padre tuvo que volver a ganar cambiando tapas de zapatos, primero, y haciendo cigarros Coronas, después.

Este espejo que busco es grande, se ovala estrechándose ligeramente hacia abajo y tiene un marco discreto. Apenas una cobertura de pintura dorada tapando el canto del cristal. Me enseñaría la cara entera y el cuerpo hasta la cadera. Al volver de una cita o de una fiesta, daba el visto bueno para el examen de corrección paterno que esperaba en la planta alta. No está en su sitio en esta versión de la escalera a la que la mente de más adentro de mi mente ha querido llevarme  cuando duermo y mi voluntad no puede negarse. Ha querido que solo pueda verme por partes. Puede haber querido que me detenga, que haga mi propia corrección, la que no haría mi padre, de manera precisa. Los ojos, los pómulos, los dientes, los lunares. Quizás otra noche me deje ver todas las piezas que me forman juntas, en el espejo que busco, y  que recuerdo despierta y quiero pedir a mi padre para colgar en mi casa. Pero esta noche, anoche, solo hubo espejos pequeños.

 

 

 

 

 

 

 

La felicidad exigida

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Fotografía de Hinde Chergui.

Acabo de terminar de leer La resistencia íntima, de Josep María Esquirol (Acantilado). Una obra de valiosa ayuda para la existencia. Ayuda como  lo contrario de autoayuda y ésta como tendencia que valida las incontables “guías del camino hacia la felicidad”,  de las  que Esquirol dice que: “….ni tan solo se trata de la buena sofística (aquella de la que es posible aprender algo), sino de la sofística estéril, cuyo aspecto deplorable no procede de la retórica sino de la mediocridad”.

La autoayuda como producto listo para consumir lleva ya dentro un germen de la deformidad social de la que nace: el individualismo. Se ponen a la venta libros, vídeos, cursos, muchos con solvente fundamento científico, lo que les asegura su incontestabilidad. Y practica, ríe, sé feliz, genera endorfinas, serotonina, dopamina. La mayor utilidad que le observo  a estos medios es la  que tiene en los casos en que no se necesita.  Pequeños o medianos contratiempos que acompañados o no de estos manuales se resuelven por sí solos o con una razonable voluntad del sujeto contrariado.

Pero el malestar es otra cosa, y en esta cosa la Autoayuda deja al ser debilitado, solo. El propio término lo sugiere: auto, tú mismo, tú solo. Aunque quizás ese no sea el mayor daño que le hace. El mayor peligro al que lo enfrenta es a la idea de que la debilidad es vergonzosa y que debe combatirse. Y un ser debilitado, solo (o rodeado de manuales), avergonzado y combatiendo, no está en un escenario muy alentador.

Esquirol habla de juntura, sutura, proximidad con el otro y entre uno y el mundo, amparo, consuelo, conceptos de los que el individualismo se avergüenza. Y propone bajar al hueco de la nada en el que hay poco que conseguir, apenas mirar sin velos . No hay una verdad de la existencia. La ciencia ha conseguido explicar transiciones de estados de ánimo, comportamientos. ¿Y qué?. ¿De qué nos sirve saber qué química hay detrás de la risa o del llanto, si no se nos dice también que entre el más moderno descubrimiento científico y el comportamiento humano está el margen en el que habitamos, y este solo es abordable desde la máxima franqueza y dejando a un lado discreto pero accesible, la ciencia, y a otro lado más apartado, las exigencias.

No voy a defender la melancolía frente a la diversión. Deseo la tristeza lo más alejada posible de mí y de los que quiero. Tampoco, en este punto de la victoria individualista pretenderé que nadie se plantee estas cosas en los términos que defiende Esquirol (aunque recomiendo profundamente su lectura). Soy de expectativa corta, me va mejor así.

Pero sí me seguiré empeñando en exigir el derecho a la debilidad como parte no solo de la existencia, sino como elemento transformador y como signo de fortaleza. El que la ha conocido (la debilidad) y se ha dado la oportunidad de no combatirla, lo sabe.

Y en una propuesta intermedia entre la autoayuda y la ayuda acompañada, invoco la opción de una guía existencial más franca. Una que al menos nos consuele diciéndonos que no hay ningún camino hacia  la felicidad, sino algo mejor, una vida llena de todo y llena de nada.

De lo contrario, solo me asalta una pregunta recurrente: ¿nos quiere el orden moderno más serenos?; ¿si?. ¿O más desorientados y con más dinero gastado en guías estériles?.

 

 

Turismo

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Hace poco, sentada en un bar de mi pueblo, en la mesa de al lado una chica se esforzaba en dejarle claro a su acompañante que a ella le gustaba viajar pero no ser turista. 

Es un pueblo de costa, donde presumimos de no haber caído en el  desenfreno turístico pese a estar enclavados en el sur de Tenerife. Aún sin hoteles, en verano y puentes no podemos aparcar al llegar del trabajo y los cajeros automáticos se colapsan. En el pub de siempre, el portero controla la fila con una hostilidad poco entrenada. No falta el discurso del veraneante urbanita que nos felicita por vivir en este paraíso. Miro los contenedores de basura desbordados y no me queda claro que esta moda como destino vacacional que nos ha tocado en suerte nos beneficie más que pese. Es casi imposible alquilar por larga temporada para trabajadores de la zona. Y la salubridad del mar también parece haber notado algo.

En esto, que quede claro no es turismofobia, salimos a Lisboa, una muestra de ciudad llena de visitantes que no quieren ser turistas. Pedimos  a nuestros  anfitriones de B&B que nos  ayuden a conseguirlo. Parecería un simple esnobismo y en parte lo es. Pero hay otras cuantas razones. Me parece descubrir alguna leyendo Lisboa, escrito por Fernando Pessoa en 1925, que compro en castellano  en la librería Palavra de viajante en la Rua de Säo Bento. El capítulo que ocupa casi toda la obra se titula “Lo que el turista debe ver”. Pessoa, que ama la ciudad hasta el tormento a causa de su traslado repentino a Sudáfrica cuando era un  niño feliz en su barrio Largo de Säo Carlos, presenta al turista como una persona con el deseo de conocer un lugar.

¿Tenemos algún problema en ser considerados turistas y ejercer de ello conforme a esta definición?. No creo. Pero el neoliberalismo, el capitalismo, el consumismo y vayamos a saber  cuantas estrategias  más que han diseñado para regir nuestra conducta, han subvertido (también) el concepto de turista. Y es legítimo y saludable que queramos escapar de él. Que no queramos otra cosa que  ser, como aquél al que guiaba Pessoa, personas con la voluntad y  curiosidad de conocer un lugar, vivir en él, sentir en él, comer en él. Sin menús con el “mejor” bacalao ni buses que te trasladan gratis a un centro comercial outlet. Queremos algo sencillo que no encaja en el plan mercantil creado  para que el turista consuma el producto hecho para él y no conozca nada. Pasamos dos días siguiendo las indicaciones  de Pessoa y comprobando su plena utilidad casi un siglo después.

Por lo que, cualquier apariencia de esnobismo, puede que no sea más que la búsqueda de un poco de verdad.

 

 

 

 

 

 

 

Era una broma

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Cuando era pequeña y me oían adultos decir palabrotas, yo respondía buscando salir impune del apuro: era una broma. Aún sabiendo que era una excusa burda e insostenible, lo seguía diciendo. Era una niña asustadiza y cobardica.

Hace tiempo, en mi casa, sentados en mi sofá, un tío le dijo a mi  amiga: tienes casi cuarenta años, estarás desesperada por encontrar novio. Él tendría treinta y cinco, estatus profesional y social alto, al que sería de suponerle nivel cultural similar. A los pocos días, el mismo tío colgó en Facebook una defensa sentidísima de la igualdad de género en el día de la mujer. Pensé entonces que lo del sofá “era una broma”, dándole una oportunidad a mi excusa burda de la infancia.

Otro día, en el metro, una pareja joven discutía reprochándose ofensas  perdonadas en falso. Ella parecía decidida a dejarlo y dijo: un día me dijiste que no te veías metiéndola toda la vida en el mismo agujero, y luego  afirmaste: qué quieres que te diga, es la verdad. La mujer prosiguió: Está fuera de lugar y es de mal gusto. El hombre respondió: ¡pero eso era una broma!, pareciendo tan esforzado en dejar esto claro como cuando intentó dejar claro lo contrario.

De niños, sí, es gracioso el recurso de la broma, inofensivo, porque el adulto finge ofensa solo para reprender. Todos saben que no era una broma y poco importa porque no hay daño para nadie.

Pero de mayores, las bromas deben ser graciosas. Si ofenden, son insultos. Y si ofendes, que humano es, y lo quieres arreglar de verdad, discúlpate. Anda.

 

 

 

¿Te importa que baje las cortinas?

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Francis Scott Fitzgerald dividió en tres partes su novela Suave es la noche. En algunos momentos la escena se corta con este diálogo:

¿Te importa que baje las

 cortinas?. No, al contrario. Entra demasiada luz.

Al menos una de las veces, me parece claro que Dick Diver  (el encantador psiquiatra que se puede sospechar que Fitzgerald alumbró para ficcionar su propia vida), se la dice a sí mismo cuando la impostada felicidad en la que vive inmerso no es conciliable con su tumulto  interior.

Bajar las cortinas, quedarse a oscuras. Suspender por un rato la luz, cuando llega a cegar. La luz de la exigencia unilateral ajena sobre nosotros. Incluso la luz que ilumina la belleza y la suerte que nos ha tocado, para mostrárnoslas sin posibilidad de no ser admiradas.

En otro momento de la historia, la frase parece decirse como protección a un posible efecto adverso de la dicha extrema. No quiero sentirme tan bien porque en ello va la posibilidad de sentirme tan mal. Bajo las cortinas, menos luz, menos dicha. Más control.

Sea por lo que sea, bajar las cortinas es obligado. Cada uno sabe cuando. Y lo hacemos como podemos. Tendríamos que saber la medida de la luz que podemos soportar, y en el momento dado, no dejar que entre demasiada. Juicios, reglas: luz cegadora. Entendernos a solas y a oscuras con lo que sea que tengamos que entendernos. Cortar la escena, descansar un  rato. Y que nadie interrumpa.

 

Libertad sin modales

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Holanda, símbolo de la irreverencia social europea, es el escenario. El medio informativo,  un blog de nombre neerlandés que al español significa “sin modales”. Cuando te  enteras de que existe un medio que se denomina así, piensas en gente con ganas de cuestionar las cosas y que sabe hacerlo con un lenguaje atrevido, pero con todos los modales en su sitio.

Pues no. El caso está descrito en  la noticia publicada ayer en El País sobre un foro de este “incorrecto” blog que, como medida de aprobación de los posts, usa culos de chicas y para más aprobación aún, su pecho. Ante las peticiones de periodistas, escritores, actrices, etc, para que los patrocinadores dejaran su apoyo, los gestores del sitio respondieron con una foto de una de las periodistas críticas y la frase: ¿Tú qué le harías?. Ante la incomodidad por  las muchas propuestas de otros misóginos y misántropos, han replicado: “si no les gusta larguénse”.

No sabemos qué harán los patrocinadores, entre los que hay entidades públicas. Saber que los han apoyado hasta ahora, hace intuir sus principios. Lo que parece claro es que la libertad de expresión en manos de analfabetos se percibe como licencia para la estupidez y  abuso del mal gusto. E internet como un vertedero de frustraciones, complejos y demás vacuidades  expresadas en insultos y burla hueca.

En una especie de reverso de esto, en España han estado las paragüeras defendiendo su trabajo para pagar “la uni”. Lo empleadores han repetido que se las respeta, digo yo que solo faltaría. He leído en Eldiario.es,  un artículo con una explicación a la inaceptabilidad de este trabajo  a la que me hubiera gustado  llegar a mí  primero, sobre las formulaciones universales de Kant. El  interés individual sobre el bien común. ¿Es aceptable el derecho individual a una opción cuando vulnera el derecho colectivo a una opción moralmente más justa para la dignidad colectiva?. El neoliberalismo nos tiene bien enseñados. Si quieres la uni, has de pagar tu uni, y cualquier forma es, no solo exitosa, sino casi la única respetable. Y así, si no te pagas la uni haciendo la maniquí, te faltan cualidades.

Esto me lleva a pensar en otro filósófo, Platón, que sostuvo su  concepción  de que el filósofo es el mejor gobernante y el Estado bajo su cargo es el ideal. Un mundo sin neoliberales y sin maniquíes . No sé.

 

 

Borrado (no borrar)

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Quería enseñarle lo que había escrito sobre ella y el tiempo que vivimos juntas. Antes de que entrara en el hospital para operarse. Pero no había nada, el archivo estaba borrado. Todos los técnicos dijeron que habían hecho lo posible. Después de que saliera del hospital visité a mi tía dos o tres veces. Todas me regaló algo.
Mientras corro con ropa fluorescente por una avenida, pienso en la idea imposible de volver a escribirlo. En el desánimo de la hoja en blanco.
Me apoyo a recuperar el pulso en el balaustrado que da a la iglesia. La virgen entra rodeada de cirios encendidos por hombres y mujeres de negro . El reloj marca las nueve y cinco. La música de la banda, las imágenes y la solemnidad muestran el lado bello de una fe más amenazadora que indulgente.
De vuelta a una casa que no es la mía sigo a mujeres con medias negras, un hombre viejo con corbata y piernas deformadas que le hacen caminar guardando una frágil cadencia pendular y algunos jóvenes con los papeles y su instrumento bajo el brazo.
La puerta del edificio se abre por el vecino árabe que por la tarde me hizo hueco en la azotea para tender la ropa. Va a rezar a su salón de oración, a cien metros de la Iglesia. Con esa facilidad discurren en paralelo miles de existencias anónimas. En discreta armonía.
Llamo a este archivo “borrado (no borrar)”.