Solo es un truco

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El médico miró la garganta y dijo: tienes un bicho. Hizo un parte de reposo y me recomendó cumplirlo. Terminé Demasiada felicidad, de Alice Munro sin ganas de que terminara. Y bajé la persiana.

De  la lista de grabaciones recientes elegí  La gran belleza, de Paolo Sorrentino, y el perro se acomodó entre la manta, los cojines y yo. Los primeros minutos pensé que la cosa iba de amontonamiento de alardes excéntricos bajo el manto justificador del cine independiente europeo. Pero no. Enseguida Sorrentino da una sacudida a ese vicio moderno cuando Jep Gambardella entrevista a una “artista conceptual” que se golpea contra una piedra en su espectáculo. Y a partir de ahí, la película es una magistral sacudida que, utilizando el lenguaje de la música, la pintura, la literatura, y  una preciosa fotografía, va cuestionando y perdonando a la vez las más comunes y escondidas miserias humanas; el tropiezo con la frivolidad en cada intento de búsqueda de gozo; el aburrimiento del placer físico repetido; la belleza comprada, exigida, rechazada, buscada, encontrada y agotada sin freno; fingida por no admitir que lo bello también debe fallar.

Solo una jirafa, como podría haber sido un caracol, parece convencer a Gambardella de que la belleza no está tan lejos de sí mismo ni tan falta de fantasía y horror como ha pretendido creer. Y por fin termina gritando: “Que comience la novela” porque la vida y todo lo demás “solo es un truco”.

Al día siguiente, aprovechando el reposo, vuelvo a ver La gran belleza. Y no será la última vez.

 

Intentos

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El banco verde en el que espero a que la secadora dé las últimas vueltas es idéntico al que acomoda a mis clientes hasta que yo los atienda. No son exactamente mis clientes. Vienen a que les ayude a resolver problemas y el Estado me paga a mí. Suelen asombrarse de que la lógica y la equidad puedan llegar a estar tan lejos de las fórmulas jurídicas que les explico. Algunos entienden  mejor que otros que el tono práctico que uso no conlleva acuerdo con las normas, sino un intento de despejar de discusiones ideológicas el camino hacia la solución. No me pagan por divagar sobre el sistema sino para combatirlo como pueda, me digo, a veces no del todo convencida.

La eficacia de la máquina me devuelve la ropa limpia y seca. En lugar de hacer la comida con el  tiempo que he ahorrado, cojo el portátil y voy a la cafetería a comer y escribir esto. Me lo repruebo y sigo. Al pasar por la playa me siento segura de haberme equivocado al no aprovechar el sol y la calma del mar. Si me hubiera despertado más temprano me habría dado tiempo de todo. En la puerta del bar me cruzo con un hombre al que quise. Hablamos torpemente. Hago  recuento de todos mis errores y concluyo: lo intento.

Entre la crema de verduras y la búsqueda de la clave wifi del bar, leo en el teléfono algo que dice  un escritor al que admiro hablando de su relación  con  otro escritor al que él admira y al que yo ya por eso admiro un poco, al menos: el humor es el punto de mayor encuentro entre dos seres humanos (o algo así). (Daniel Monedero sobre Eloy Tizón).

De humor debe de estar hecho el aire que une unos errores con otros. Discreto, casi inaudible pero implacable para absolvernos del castigo cuando logramos  decirnos, lo intento. 

 

 

 

 

Colapsos

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MI único malestar al despertarme fue un uñero en el pie. Después del trabajo brindamos por una navidad más juntos y posamos francamente contentos, no es para menos. Al otro lado del teléfono parecías cansado, reías como siempre, pero supe que hoy nuestro código cómico no alcanzaba para dominar la adversidad de esta semana, que comenzó con un robo. Alguien se aprovecha del descuido humano que produce sentirse dueño de algo, y  el robo deja en uno el rastro del desamparo y la traición.

Al llegar a casa ordené lo que había comprado, unos vaqueros modelo boyfriend- se llaman así porque pretenden emular el efecto de un pantalón masculino sobre el cuerpo femenino- y un bolso negro. Al sentarme en la cama leí en el teléfono: El final de Alepo, una noticia en  el  periódico sobre los últimos asedios. Entre los datos desoladores,  una frase de un casco blanco sobre la dificultad para retirar cadáveres: “El colapso de la humanidad”.

Y sospecho que la humanidad empieza a colapsar de manera incipiente pero irremediable cuando el beneficio propio puede más que el efecto adverso en el otro. Y me quedo en la cama dándole vueltas a una idea: la tragedia más infame no va a ser un consuelo para nuestros cotidianos colapsos, no debe serlo incluso, creo. Pero mis vaqueros nuevos y tus adversidades quedan teñidas de un molesto tono culpable. Y la traición vuelve a mi mente, la que se ha tendido al medio millón de muertos de Alepo.

Ir fuera

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Tengo un amigo con el que siempre he compartido de manera muy cómplice la aversión a tópicos, eufemismos y correccciones políticas diversas. Nos hemos reído mucho imaginando las caras que nos pondrían algunos al decir que nos parece un asco el lenguaje no sexista o alabando la última medida del PP, al que ninguno de los dos ha votado nunca. Me paro a pensar ahora en la felicidad incomparable que da la complicidad cómica entre dos personas.

Pero hay una idea que siempre nos ha hecho discutir. Él defiende un plus de validez profesional en aquellos que se han ido fuera a estudiar y trabajar y yo discrepo rotundamente. Reconozco el indudable valor  que tiene estudiar en Londres con el único apoyo  de un trabajo de camarero y una familia de economía humilde. Por si esto fuera poco mi amigo luego ha trabajado por casi medio mundo. Pero no puedo admitir otra forma de medir la valía de alguien que no sea a través de sus actos, al margen de dónde, cómo y por qué ha estudiado, y menos aún por los lugares donde ha vivido. Mi amigo es una suerte  de confluencia casual entre valía y vida y formación fuera. Pero hay veces en que lo que no está dentro no se puede encontrar fuera.

Me  refiero al complejo muy español y más canario aún de creer que dentro significa fracaso y fuera  éxito. Hoy algo me lo ha recordado. En una conversación cualquiera, alguien se empeña en remarcar con más frecuencia de la necesaria que vive fuera. Como si creyera que puede caber alguna duda, también se empeña en dejar claro que no vive dentro.

A mí también me ha atravesado el deseo acomplejado de vivir fuera, tanto que es una opción  vigente en mis planes. Es un proyecto de lo  más romántico y no dudo que de los más constructivos,  espero poder cumplirlo. Pero espero que no me pase algo que me parece muy destructivo: esa especie de desprecio hacia el lugar de origen, hacia las vidas de los que  hasta ahora se han quedado, y la exaltación de lo lejano y nuevo como lo mejor.  Volviendo a mi amigo, cada vez más me dice, quiero estar en casa.

Él está de vuelta del complejo, nunca hubo nada fuera que él que no llevara ya dentro y eso se nota. No necesariamente  hay límites territoriales a la voluntad de crecer. Y los complejos  no se curan viajando en metro.

Rostros

 

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Nos ha pasado a todos. El aprecio de lo bello se sujeta a reglas sutiles que miden la profundidad de una mirada o la armonía entre el timbre de una voz y lo que sale de ella. Y entonces ocurre que después de una o muchas conversaciones, el otro puede resultarnos infinitamente más bello, o al revés.

Pero hay algunos a los que nunca llegaremos a conocer aunque vemos y escuchamos hablar continuamente. Me vienen a la cabeza algunos presidentes; Aznar y aquella hermética máscara arrogante o  la sonrisa bobalicona de Bush. Personajes incapaces de  imprimir belleza a sus actos por carecer de todos los elementos que pueden definir a  ésta. Ni  bondad, ni humildad, ni inteligencia. Nada.

Y ahora tenemos a Trump, al que casi no hace falta ni escuchar. Su mirada refleja el vacío absoluto, el único deseo de dominar al mundo entero solo por  diversión. Su imagen personal y familiar confirman que todo el lujo del mundo no crea belleza donde no puede haberla.

Casi al mismo tiempo que su triunfo, ha ocurrido la muerte de Leonard Cohen, que iba despeinado y cantaba bajito. Algo podía saberse al ver su mirada: donde hay sensibilidad hay belleza.

Carmen Laforet, una mujer en fuga

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“Porque la risa, en efecto, sería siempre su arma de defensa, su forma de conjurar los problemas, de reaccionar tal vez nerviosamente a las tensiones familiares de forma que no llegaran a herirla.”

Veo ahora esta frase subrayada al abrir “Carmen Laforet, una mujer en fuga”, una biografía sobre la escritora, hecha por Anna Caballé e Israel Rolón, y publicada por RBA, que terminé de leer hace unos días. La había encontrado en unos saldos y estuvo  meses en la estantería mientras yo iba prefiriendo novedades y recomendaciones para leer. Ahora vuelvo a mirar la fotografía de Laforet en la portada y encuentro un casual encaje entre su mirada reflexiva, su afán de vivir discretamente y la forma en que llegó y permaneció en mi estantería, como deseando no ser muy tenida en cuenta. Llama la atención esa aversión por el interés ajeno sobre ella y su obra, que tanto la puso en conflicto con su amor por la literatura.

Al hilo de la comunicación epistolar de Laforet con sus tantos amigos me fui entusiasmando con su vida. Con 21 años escribió Nada, primer premio Nadal en 1945 y considerada una obra maestra de forma casi unánime por el mundo literario y académico  de dentro y fuera desde entonces. Ella la escribió por verdadera pulsión narrativa, y la publicó por casualidad y necesidad  económica a partes iguales. El reconocimiento cohibió su genio literario, que nunca más fue libre. Residían en su carácter hipersensible varios rasgos de peligrosa concurrencia. La  falta absoluta de vanidad no dejó actuar al éxito como mecanismo compensatorio de la inseguridad extrema. Y todo explotó en su interior. Es curioso encontrar un talento de su altura sin vanidad, pero así fue.

A mí, que en mi entorno familiar me han rodeado mujeres pobres y sin vida intelectual, centradas en la cocina y el cuidado de los hijos y el marido, me  terminó de entusiasmar cómo en pleno franquismo,  Laforet, casada y llegando a tener cinco hijos se movía por el mundo y nunca cocinó más que un café. Vivió en Tánger, Roma y París, alquiló una casa en Cercedilla, donde se retiraba a escribir semanas sola, con una normalidad que hoy, en plena modernidad, no aceptaríamos como dinámica de vida en pareja. Su matrimonio duró 24 años, ella terminó agotada de creerse juzgada por su marido, el periodista Manuel Cerezales. Otra vez su inseguridad extrema. Él fue quien la animó a presentarse al Nadal, premio que a ella tanto le pesó, pero que le permitió vivir con cierta soltura hasta su muerte. No sé si ella, que creció en una familia burguesa, valoró este hecho suficientemente.

Como  no he leído Nada, he ido a comprarlo y al tenerlo en las manos, he sentido cómo si se me estuviera entregando un tesoro, cosas de mi entusiasmo y del rédito mágico de la lectura.

La caja sanitaria

 

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A un lunes lleno de contratiempos se sumó una llamada de mi padre -hoy es la consulta del oculista, no te olvides de venir a recogerme. ¿No te acordabas?-. Pues no, si acaso lo apunté, fue hace más de un año.

Antes de pedir esa cita habíamos ido aun oftalmólogo privado, pensando que la falta repentina de visión se debía a una graduación muy antigua. Estuvimos un rato en la enorme sala de espera blanca, con mesas de cristal y revistas de arquitectura. Antes de llegar al médico, pasas por tres salas previas de pruebas y preguntas sobre alergias y demás, destinadas más que nada a justificar la factura, pienso.

El médico muestra una seriedad de profesional respetable, como si hubiera aprendido en algún sitio que la simpatía es cosa de mediocres. Debe percibir enseguida que mi padre es un hombre casi analfabeto; canta las letras con errores que yo no sé si parten de la falta de visión o de conocimiento. Esto va reforzando el lugar de los tres en la sala y en el mundo, al menos el de ellos dos.

Una catarata y otras cosas de la edad, hay que operar. Con una técnica cuesta tres mil euros, con otra mucho más cómoda y segura, seis mil. Mi padre trabaja y cotiza desde los 16 años, pero los últimos ´15 años lo hizo por el mínimo, por gracia de un despido colectivo cuando tenía 49 años y era maquinista de una tabacalera. Su pensión no llega a novecientos euros.

Pero, ¿a esta operación puede acceder a través de la Seguridad Social, verdad?, pregunto arrepintiéndome antes de terminar la frase. Vamos a ver Señorita, usted ha venido a mi consulta y yo le informo de mis servicios. Lo que usted me está preguntando yo no se lo puedo contestar; no sé si sabe cómo funciona el sistema sanitario; si quiere se lo explico. No se preocupe, he entendido perfectamente cómo funciona, gracias.

Saliendo a la derecha está la caja. Ciento diez euros y una factura con un logo elegante. Hoy en el centro de salud nos han dicho que ya falta menos para la operación, paciencia, el tiempo pasa volando.